Aquello que no pudo ser sentido, dicho o integrado en su momento no desaparece. Permanece en el cuerpo.
El cuerpo es, en cierto modo, como la caja negra de un avión: registra todo lo que hemos vivido. Aunque con el tiempo dejemos de pensar en ciertas experiencias, el cuerpo continúa recordándolas.
Por eso la idea de que el tiempo lo cura todo no es cierta. El cuerpo sigue recordando lo que ha vivido, aunque la mente consciente ya no se acuerde.
Cuando algo no ha podido ser sentido o integrado, queda encapsulado en algún lugar del cuerpo.
Y puede permanecer ahí toda la vida, si no le damos el espacio necesario para que esa experiencia pueda sentirse, expresarse e integrarse.
A veces se manifiesta en forma de tensión muscular, dolor corporal, dificultad para respirar profundamente, ansiedad o una sensación persistente de malestar que no siempre tiene una explicación clara.
De hecho, muchas personas han experimentado algo parecido sin darse cuenta. La mente consciente puede no recordar una fecha, un aniversario o un momento difícil de su vida, pero el cuerpo sí lo recuerda.
De repente, cuando llega cierto mes o cierta época del año, la persona se enferma, se lesiona, se constipa o siente que le bajan las defensas. Es el cuerpo recordando lo que ocurrió en otro momento.
En consulta también escucho con frecuencia algo parecido: personas que me dicen que no se sienten bien, que van al médico buscando una explicación y que les dicen que todo está bien, que no hay nada físico que justifique su malestar.
Sin embargo, el malestar sigue ahí.
Cuando ese malestar se acompaña adecuadamente a través del cuerpo y de la respiración, muchas veces la persona empieza a comprender qué estaba expresando su cuerpo y el síntoma puede mejorar profundamente o incluso desaparecer.
Cuando pasamos muchos años sin atender al cuerpo ni dar espacio a estas experiencias para que puedan integrarse, el organismo empieza a saturarse de malestar.
La persona puede empezar a convivir con una acumulación de síntomas: inflamación, ansiedad, insomnio, dolor en distintas partes del cuerpo, fatiga o una sensación general de que algo no está bien.
A veces se forman cuadros realmente complejos que no se comprenden del todo. Desde esta mirada, es el cuerpo intentando expresar todo lo que ha estado sosteniendo durante mucho tiempo, gritando ayuda, pidiendo ayuda.
Es como si el cuerpo dijera: “por favor, ayúdame a soltar todo lo que llevo acumulado durante años”.
Por eso no es extraño encontrarse con personas que, con cincuenta años, sienten un nivel de malestar muy grande en su cuerpo.
No es algo que haya aparecido de un día para otro. Muchas veces es el resultado de toda una vida acumulando experiencias que nunca tuvieron espacio para ser sentidas, expresadas e integradas.
Cuando el cuerpo encuentra un espacio seguro donde puede ser escuchado, poco a poco empieza a soltar lo que ha estado sosteniendo durante tanto tiempo.
A través del trabajo con el cuerpo y la respiración, esas experiencias que habían quedado encapsuladas pueden empezar a sentirse, expresarse e integrarse. El malestar empieza a transformarse y el cuerpo va recuperando su capacidad natural de equilibrio y de homeostasis.